Los números y las comunidades de lectores.

En los últimos días he estado recolectando datos duros sobre la cantidad de texto que se publica en redes sociales y plataformas de blog. Los número son impresionantes. A finales del año pasado Twitter anunció que había llegado a 250 millones de tuits por día: un total de 35 mil millones de caracteres. Asumiendo que, en promedio grande, una página tiene 3500 caracteres, el total de texto publicado en Twitter equivale a 10 millones de páginas o 20 mil libros de 500 páginas, escritos y leídos todos los días.

De forma similar, las estadísticas de WordPress señalan un total de casi 72 millones de sitios de WP en el mundo y 500 mil nuevos posts diarios. Corríjanme, por favor, si estoy equivocada: WP es la plataforma de blog más usada en el mundo y se estima que reúne algo menos de la mitad de los blogs existentes. Por lo tanto, la cantidad de texto publicado en blogs debe ser casi imposible de calcular, pero el resultado debe ser tan apabullante como el de Twitter.

Sobra decir que aunque toda esta información está disponible a uno parece imposible incluso pensarla. No solamente eso, se ha vuelto lugar común, demasiado común, el decir que el 99.9% es basura, como los virus y microbios que matan los jabones y desinfectantes. Desde luego un gran porcentaje, muy posiblemente la mayoría de todo ese texto sí será basura. No obstante, así se trate de una minúscula porción, habrá, sin duda, muchísimo material de valor. Por números nada más se ha vuelto imposible ignorarlo y descartarlo como basura o, en el mejor de los casos, como la proverbial aguja en el pajar. Desde luego al no haber un sistema editorial – un filtro que decida lo que es digno de leerse y lo que no contamos únicamente con los instintos propios, o eso parecería. Ya lo dijo K. Fitzpatrick en el contexto académico, el reconocimiento proviene ahora desde la recepción de una comunidad de lectores. Exactamente lo mismo ocurre con la literatura publicada en Internet.

Esta cuestión de la formación de comunidades de lectores es lo que realmente me intriga actualmente. Las redes sociales, sin duda juegan un papel fundamental para dibujar las líneas que unen un texto en particular con sus lectores y a ellos con otros lectores y con otros textos y los lectores de éstos. Eso ya también se está volviendo lugar común: el poder de las redes sociales para formar comunidades, pero ellas son, a mi parecer, las calles del vecindario por donde pasamos todos los vecinos – lo cual no siempre causa que sepamos siquiera nuestros nombre, mucho menos que nos consideremos parte de una comunidad. Debe entonces de haber no solamente una cuestión comunicativa: un poder intercambiar opiniones, sino un querer hacerlo. Una voluntad de formar parte de una comunidad, una socialidad, me van a perdonar la expresión, muy animal – es decir muy primaria. Aquí está el meollo.

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