¿Qué es la lectura? II

Aunque en la entrada pasada me resistí un poco a las aproximaciones biográficas de la lectura debo confesar que (fetiches aparte) para mi la dimensión experiencial del acto de leer sí es sumamente importante y de hecho, tendrá que ser así como articule la idea de lectura a lo largo de los años de investigación que tengo enfrente. Así que, he aquí el segundo intento de responder a la pregunta.

Para hablar de la lectura como experiencia, consideremos – por poner ejemplos de lecturas que más “claramente” nos llevan a otros mundos – la literatura de viajes, o las crónicas coloniales o algunos ejemplos de ciencia ficción, no es del todo descabellado decir que llegamos a conocer dichos lugares e incluso a habitarlos de cierta forma por el periodo que nos tome su lectura, como un cuarto de hotel donde pasamos unas noches. Desde luego está el hecho de que estaríamos haciendo todo esto a partir de la mirada del autor y sus prejuicios culturales y demás artefactos ideológicos. No se puede olvidar eso, pero muchas veces seremos lectores ingenuos, quiero pensar que cada vez menos aunque no necesariamente. Pero volviendo a la analogía con el cuarto de hotel, éste por cómodo que nos parezca y por bien que la pasemos en él, algunas veces estará pintado de amarillo (odio el amarillo), tal vez las ventanas miren sólo hacia un estacionamiento y las cortinas sean demasiado gruesas para que la luz del sol nos despierte. De cualquier forma pasamos unos días ahí y ajustamos nuestra cabeza a las esponjosas almohadas de plumas o a la seductora prosa de algún autor.

En este sentido toda ficción por realista que sea es un cuarto de hotel, no nuestra casa. Por otra parte, corríjanme si están en total desacuerdo con esto, es más agradable leer literatura en los lugares donde nos sentimos cómodos, lugares que hemos hecho ya nuestros, como un ancla que nos permita irnos al otro lugar, el de la ficción. Ya habiendo dicho eso la lectura es, entonces, un ser uno mismo y ser alguien más (los psicólogos cognitivos tienen términos para esto pero me los ahorro mientras pueda) un estar en nuestro sillón o café favorito o el autobús/tren que siempre tomamos, al mismo tiempo que recorremos las calles de París con Oliveira o las de Dublín con Leopold Bloom, o sufrimos la interminable lluvia de Macondo y revivimos los recuerdos de Mrs. Dalloway, y por ello, al ser una experiencia propia y ajena no puede no ser – aunque sea mínimamente – autobiográfica.

Autobiografías y proyecciones aparte, la lectura es algo que experimentamos, como dice Karin Litau no sólo intelectualmente, si no también emocional y corporalmente. Además, creo yo, la lectura le sucede tanto al lector como al texto. La lectura entonces se vuelve también una actividad doble que sucede de manera simultánea. Por un lado es el texto en movimiento, en proceso de ser leído, que ya no es solamente el material estático impreso o digital; y por otro, es el proceso fluctuante y móvil (tomando prestada la idea del punto de vista móvil de Iser) de leer un texto dado.

Aunque no estoy en lugar de caracterizar este proceso más allá de referirme al mismo Iser y repetir algunas de las etapas de lectura esbozadas por Marianne Wolf y Stanislas Dehaene, quiero alejarme, al menos temporalmente, de palabras que se han asociado por mucho tiempo a la noción de lectura tales como decodificación o interpretación, en tanto la primera, me parece, es sólo el parte del proceso que no rinde justicia a la experiencia más completa que implica la lectura, y la segunda constituye una actividad posterior a, e incluso aparte de, la lectura. La creación de significado es también una idea resbalosa muy asociada con la lectura en la que tampoco quiero detenerme. Pareciera que hay escalones de significado, por ejemplo, en la base, la diferencia entre correr y trotar, comer y engullir, querer y amar; y más arriba el significado de un enunciado entero, de ese enunciado en su contexto (ironía y sarcasmo), de una obra entera, de una obra entera en su contexto y fuera de él, etc.

Por otra parte, aunque las minucias cognitivas y neurológicas de la capacidad de leer iluminan enormemente el porqué de nuestra competencia de lectura y el porqué nos involucramos tanto y tan sencillamente en un mundo ficcional, difícilmente podemos deducirlas, e incluso notarlas, durante la lectura. Con lo que me quedo entonces es el acto de leer, la experiencia de leer en el momento que se realiza. Para que esto suceda no es necesario ningún nivel de competencia en particular, las habilidades, o falta de ellas, que tengamos engendrarán diferentes experiencias. Pensar de esta forma en la lectura implica ocuparse de las reacciones y las respuestas y la forma en la que el lector habita y da vida al texto que tiene en sus manos.

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