El origen de las historias

La vez pasada, leyendo a Dehaene y antes de eso a Wolf, nos quedamos en que la capacidad de lectura es el producto del reciclaje neuronal de vías y áreas utilizadas ancestralmente para otro tipo de funciones cognitivas como el reconocimiento de objetos, etc. La mayoría de estos descubrimientos, tengo la impresión, surgen a partir de experimentos donde los voluntarios leen sobre todo listas de palabras aisladas que suponen un reto de reconocimiento y comprensión (biobibliografía) – buen material para esto serían las listas de ingredientes que están en las etiquetas de alimentos procesados y productos de limpieza – o en un contexto de otras palabras más o menos también sueltas unidas fonética o semánticamente (head-heat-heal o sofá-sillón). No obstante que esos tipos de especificidad y precisión sean necesarias para los controles experimentales y, por lo tanto, para la adquisición de datos, los lectores no estamos conscientes de la base fisio-psicológica cuando leemos. Podemos, sin embargo, notar cuando grupos de palabras (no quiero usar la palabra texto, todavía) está escrito bellamente o con tanta densidad que con trabajo se entiende, también si está mal redactado o es confuso, pero sobre todo nos haremos conscientes de lo nos dice en términos de información (ya sea una historia real, de ficción, la ciencia de la lectura, un instructivo para armar una silla, etc) y, por lo tanto, si nos interesa o no. Y ya que estamos tratando de entender todo esto, nos podemos preguntar ¿de dónde viene lo que leemos?

Un lugar para empezar a buscar respuestas ha sido On the Origin of Stories de Brian Boyd, un tratado evolucionista sobre el hecho de contar historias. La versión abreviada de los principios que Boyd defiende va más o menos así: La grandeza de los logros culturales humanos fue posible gracias a la evolución de nuestras mentes y las historias, como artefacto cultural – es decir, pasado de generación en generación por medios no genéticos – es una adaptación en tanto favorece la supervivencia del individuo, grupo o especie que la posee/practica (¿?). Convencido de esto, el autor explica una serie de razones por las cuales el contar historias es adaptativamente útil y paradójico para el animal hipersocial, un vaivén entre cooperación y atención individual. El arte y las historias entonces favorecen la cooperación entre individuos – las historias se comparten, se cuentan a alguien más. También transmite conocimiento, nos hace expertos en algo que no hemos experimentado y, en ese sentido, para Boyd es fundamental caracterizar las historias como juego cognitivo, es decir, práctica para la vida real, para la supervivencia real, análoga a los cachorros que ensayan ser lobos adultos cuando cazan un hueso o pelean entre ellos. No obstante, lo más importante del juego cognitivo no es únicamente la adquisición de conocimiento, sino que hace flexible nuestra mente y, con el tiempo, los miles de años que los humanos llevamos leyendo, por ejemplo, propicia modificaciones en nuestros sistemas perceptivos, cognitivos y expresivos. Una consecuencia de esto, dice Boyd, es que el arte y las historias se convierte en un sistema del que emerge la capacidad de concebir el mundo más allá del ahora y el aquí, un sentido de final abierto (open-endedness). El otro lado del arte y las historias como adaptación evolutiva, en el mundo hipersocial humano, es la necesidad de atención. La atención en este contexto otorga al individuo o grupo atendido un sentido de poder – ya sea el que cuenta la historia o del que se cuenta la historia, una importancia que, de acuerdo con Boyd, también se traduce en éxito reproductivo y de supervivencia. La estrategias narrativas que hemos pasado estudiando todos los que estudiamos literatura son la forma de ganar esta atención y qué son los cánones literarios sino un testimonio de la atención ganada, incluso a través de siglos, por el individuo que contó una historia magistralmente.

Ya habiendo establecido el origen y función evolutivos de las historias, el autor se enfoca en capacidades psicológicas que propician nuestro gusto y facilidad de comprender y crear historias, entre ellos la teoría de la mente (theory of mind) y la falsa creencia (false belief). La teoría de la mente es la capacidad de leer a otros, sus predisposiciones (deseos, miedos, creencias), intenciones y acciones, las cuales, además pueden ser, en parte, el esfuerzo de esos otros para entender las nuestras. Por ello, Boyd cita la premisa de Marco Iacoboni, “cuando vemos a otros, los encontramos tanto a ellos como a nosotros mismos”. Por otra parte, la falsa creencia es en primera instancia la capacidad de darnos cuenta de que otros pueden tener una idea diferente o contraria a la realidad sobre algo, una forma no literaria de ironía dramática; en otro nivel es la capacidad de entender los pensamientos de alguien sobre otros. En términos más básicos, la teoría de la mente y la falsa creencia nos permiten lidiar el espacio entre apariencia y realidad, y por lo tanto la representación de eventos y la comprensión de la ficción como ficción.

Un corolario para concebir las historias como adaptación evolutiva será sin duda la ubicuidad de su existencia. Dehaene ya nos convenció de que los mecanismos fisiológicos de la lectura son universales y ahora Boyd nos ofrece una lista de aspectos que se repiten alrededor del mundo. En primer lugar, el hecho de contar historias aparece en todas las culturas ya sean escritas o no. Segundo, la capacidad de contar historias se desarrolla espontáneamente en la niñez. Tercero, la entrada limitada de estímulos perceptuales (una historia) da lugar a una salida conceptual procesada y elaborada (una enseñanza, una reacción emocional) – evidencias de esto es que inferimos mucho más de lo que una historia nos dice y somos prácticamente incapaces de suprimir una respuesta. Hasta el momento estoy persuadida por los puntos 1 y 3. El segundo, sin embargo, tal vez necesite mayor elaboración, que por desgracia Boyd no ofrece ¿a qué se refiere con “espontáneamente”? puede ser a que no se enseña, sino se aprende de propia mano, por otra parte, qué hay de los estímulos previos, las historias contadas a nuestro alrededor por otros e incluso que apropósito se nos cuentan de niños, las cuales uno pensaría constituyen una forma de enseñanza y que se ha comprobado sí favorecen la adquisición de lenguaje escrito. ¿Acaso la capacidad de contar historias es diferente de la capacidad de entenderlas?

Ya para terminar solamente deseo mencionar las dos premisas que debe seguir la crítica literaria evolutiva que propone Boyd: a) debe enriquecer nuestro entendimiento y apreciación de la literatura, b) no debe rechazar lo que ya se ha dicho si no sugerir nuevas direcciones en las que mirar todo eso. En ese sentido, como lo mencionaba arriba, los mismos aspectos que siempre hemos estudiado – personaje, trama, estructura, ironía dramática y tema – deben verse a la luz de qué función adaptativa desempeñan. Boyd pone mucho énfasis en el mantener la atención a través de cualquier artefacto literario, porque la atención permitirá a una historia no sólo mantener a sus escuchas/lectores, sino que también propiciará su permanencia y expansión dentro de una cultura, por ejemplo, si establece valores distribuidos ampliamente en ella. No obstante, tal vez las implicaciones más interesantes de esta aproximación crítica estén en ejercicios comparativos: la evolución de un tema desde la Grecia Clásica / la Edad Media /etc. hasta nuestros días; las formas en las que estructuras narrativas se han hecho complejas para no ser predecibles; cómo y porqué algunas historias se cuentan y vuelven a contar en distintos momentos; y cuáles son las respuestas de las audiencias a todo esto. Boyd en sus últimos capítulos realiza un par de ejercicios críticos evolutivos y, aunque son sugestivos de ciertas ideas, creo que hace falta hacer más preguntas sobre qué se aporta con esta aproximación además de lo que la crítica “tradicional” hace y sobre todo qué podría aportar potencialmente, qué preguntas puede provocar y cuáles responder. ¿nos permitirá ver los textos como los entes en proceso de evolución – Las mil y una noches como “fósil” de una adaptación dada y su influencia en la historia literaria como su desarrollo? ¿nos ofrecerá algún insight sobre lo que constituye la literariedad en tanto sería una constante que se mantiene a lo largo de los siglos? E incluso ¿nos va a enseñar a hacernos otro tipo de preguntas sobre la literatura? Como área de estudios y aproximación crítica nuevas, la crítica biocultural todavía causa más preguntas que respuestas, pero algo que me atrae mucho es que constituye un regreso a una amplia valoración de los logros humanos no en un éter metafísico, sino como resultado de su condición de animal hipersocial – ¿lo podríamos llamar un humanismo evolutivo?

4 Comments

Add yours →

  1. Me puse a pensar en Giorgio Antei en “Las rutas del teatro”, en donde dice que el teatro es como esa vieja frase: “Ya lo sé…, pero aun así…”… Pensé que esa sería el juego entre apariencia, realidad, ficción. Terco el lector, se deja ilusionar.

    También pensé en una figura genial de los wayuu: el palabrero (Pütchipü), hablando de la “cooperación” y la “atención individual”. Este hombre es el control social, es una suerte de abogado/poeta que soluciona los problemas entre clanes con cuentos/ejemplos/imágenes/dibujas en la arena del desierto guajiro. Si te interesa, mira a Weidler Guerra Curvelo.

    Son sólo imágenes.

    Like

  2. La terquedad del lector, me encanta esa idea, Juan. Por mucho que sepamos de qué van las historias o, como se dice, “que son puros cuentos”, seguimos cayendo (dejándonos caer) encandilados en ellas. Nos gusta eso, ésa es la cualidad casi adictiva (la recompensa le dicen los evolucionistas) del juego, del juego cognitivo en este caso y que perpetúa su práctica.

    Por otra parte, el palabrero es precisamente el meollo del asunto, pero cómo lo trasladamos a los textos, a los autores en el sentido contemporáneo y al viejo debate de la literatura latinoamericana de la función del escritor que serían en este contexto partecitas de los descendientes de esos figurones.

    Like

  3. Desde mis humildes entendederas, a la pregunta sin respuesta que planetas, «¿Acaso la capacidad de contar historias es diferente de la capacidad de entenderlas?», me asalta una respuesta de lo más tonta. Esta es, a su vez, otra cuestión, ¿acaso la capacidad de entenderlas no depende de muchos factores contextuales de los lectores en un momento y situación dados de sus vidas? Quiero decir, siempre he sido de comprender las historias, a mi manera, como cualquier persona. En cambio no de contar la misma historia que he creído entender, pues en ese proceso la he hecho mía adecuándola a mis vivencias y creo, por tanto, que son procesos distintos el contarla y el entenderla, si es que esto último es posible.

    Like

  4. Javi, por entender historias, en este sentido, no me refiero a descifrar sus x número de significados, asociaciones o lo que sea, sino al hecho más simple (entre comillas) de seguir una narración – su temporalidad-espacialidad, causalidad/casualidad, perspectivas propuestas (el típico yo pensé que…, pero otra cosa pasó) y puede ser casi cualquier historia (una narración de una salida familiar al parque, el día en el trabajo, de que se trató el último episodio de how i met your mother, no tiene que ser Dostoievski). Según dicen todos estos autores las capacidades cognitivas como el theory of mind y el false belief prácticamente nos predisponen para entender-seguir narraciones y como tú bien dices desde contextos muy particulares que nos llevaran a un entendimiento dado. Contarlas por otra parte bien puede ser lo mismo o no, no sé y no tengo idea de si alguien lo sepa, pero yo también como tú intuyo que es distinto y, en este caso, un paso siguiente al saber entenderlas-seguirlas. En realidad en lo que no estoy de acuerdo con Boyd es a la espontaneidad con la que según él surge el contar historias en la niñez, porque antes de poder contarlas, de poder hablar, ya nos han contado historias y tal vez a partir de esa enseñanza indirecta es que después nosotros podemos relatar, por decir algo, nuestro día en el jardín de niños jugando con plastilina o inventar una historia de cómo nuestros muñecos se hicieron amigos.

    Like

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: