Historias de lectura

Me parece bastante lógico comenzar este blog hablando sobre dos libros que hasta el momento han sentado la base (la preliminar de preliminares) de cómo entiendo la lectura. A History of Reading de Alberto Manguel y Proust and the Squid de Maryanne Wolf. Para quienes no los conozcan, Manguel además de académico, fue de adolescente lector de Borges, después de un encuentro en la librería Pygmalion en Buenos Aires; Maryanne Wolf es investigadora de desarrollo infantil en la universidad de Tufts y se ha dedicado con especial interés al estudio de la dislexia. Ambos autores, esto ha sido lo que más me ha atraído de sus textos, abordan la lectura panorámicamente, si bien cada uno desde perspectivas únicas.

Temprano en su libro Manguel se maravilla con el proceso histórico mediante el cual la humanidad aprendió a leer. A partir los mismos códices y las tablillas de barro de Tell Brak y, más adelante, de pinturas y esculturas de personajes leyendo, el autor nos lleva de la mano (su prosa, de hecho, sí es muy cálida) por momentos paradigmáticos en la historia de la lectura, uno de mis favoritos, el primer registro escrito de un lector silencioso, San Ambrosio, quien produjo tanto asombro en su maestro, San Agustín, que lo llevó a escribir sobre él. La invención de la imprenta y la popularización de la lectura pasa desapercibida a Manguel, sobre todo en tanto dio lugar a una lectura privada, ya no sólo privada porque se realiza en silencio – en la propia cabeza – sino también en un espacio cerrado y privado. En oposición a esto, el autor argentino pasa páginas fascinándonos con sus experiencias con la lectura en voz alta: el que nos lean y leer para alguien más. Las tecnologías de lectura y edición están presentes en su historia de la lectura como un recordatorio de la incomodidad que pasé los cuatro años de licenciatura en los que leí casi exclusivamente fotocopias, de los placeres de hojear un libro nuevo, con olor a nuevo, de los años que he usado lentes y me ha inculcado la curiosidad de saber si algunas de las piezas de mobiliario diseñadas exclusivamente para leer tienen alguna ventaja de la misma forma en la que me pregunto si comprar un i-pad haría más sencillas mis lecturas en pantalla.

Curiosamente – o tal vez, obviamente – Maryanne Wolf también comienza su discusión de la lectura con las tablillas de barro de Tell Brak. Aunque para ella también es un hito histórico de la humanidad, su verdadero interés radica en la forma en la que el cerebro humano adquirió la lectura, o mejor dicho, el lenguaje escrito. Para Wolf la lectura no es una capacidad humana, es decir, no hay una parte del cerebro que sirva para leer, como sí las hay para ver y para hacer conceptualizaciones (neurocientíficos corríjanme si estoy diciendo algo mal). Para ella, detrás de cada nueva tecnología de lectura, de cada método de enseñanza, incluso cada alfabeto, hay un proceso mediante el cual áreas del cerebro dedicadas a distintas funciones (percepción visual, pensamiento conceptual, lenguaje simbólico) se vinculan para formar redes que hacen posible la lectura. A la humanidad, dice Wolf, le tomó unos dos mil años aprender a leer, a los niños actualmente unos dos mil días. El proceso al que Wolf se dedica en el Center for Reading and Language Research comprende el estudio de los pre-lectores (los niños a los que se lee), los lectores novicios (los niños que comienzan a adquirir lenguaje escrito), los lectores fluidos, los lectores expertos. A lo largo del proceso, los investigadores han podido ver cambios significativos en las conexiones cerebrales de los niños, pero la mayor fuente de datos para Wolf y sus colegas ha sido el estudio de la dislexia – la incapacidad o dificultad de adquirir la lectura.

Hay tres, creo que son tres, aspectos que quiero resaltar de estas lecturas. En primer lugar las dos formas de aproximarse al hecho de leer: Manguel como historia personal e historia de la humanidad, Wolf como desarrollo personal y desarrollo de la humanidad. Sin duda ambos proponen un proceso que nos define como especie, pero también con individuos. En segundo lugar, la historia de la lectura es tanto cultural como biológica. La afortunada coincidencia de haber leído a ambos autores casi simultáneamente me deja muy en claro que Manguel y Wolf se basan, desde distintas perspectivas, en los mismos datos, las misma evidencias, los mismos registros de lectura y, a partir de ellos, nos ofrecen tanto imágenes cerebrales como representaciones de personajes inmersos en una lectura, tanto procesos neuronales complejísimos que suceden en milésimas de segundos como apasionantes anécdotas personales (de las que seguramente todos tenemos alguna) sobre lecturas embriagantes. Finalmente, que la lectura como hecho o desarrollo prácticamente fundacional de la humanidad como la entendemos actualmente es un área que no distingue disciplinas.

Un cuarto punto, a manera de post data, es sólo la mención de lo vertiginoso que es leer sobre leer. Inténtenlo.

3 Comments

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  1. Vertiginoso además de recursivo 🙂

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  2. Casi se me olvida preguntarte si se podría incluir “Reading in the Brain” en un posible triumvirato de lecturas inciáticas.

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  3. Juan Luis, seguro que sí. Ahora sólo tengo que leerlo. El fin de semana lo consigo y haré un post al respecto.

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